Documentación en tiempos de desinformación

Documentación en tiempos de desinformación

En la era de las redes sociales e internet, expresar opiniones sobre cualquier tema que se nos ponga por delante está a la orden del día, a veces de forma más elaborada y a veces de menos. Realmente, no todos los temas tienen la suficiente trascendencia como para que esto sea verdaderamente importante, pero tras vivir una pandemia sin precedentes, quizá hayamos entendido un poco mejor el valor de transmitir información clara, precisa y lo más fiel a la realidad que nos permita cada momento.

Ana J Cáceres

La maldición del clickbait

Los trabajos de documentación ya suelen ser duros de por sí cuando hablamos de temas que se llevan décadas tratando y por tanto existe una bibliografía extensísima al respecto de ellos, pero el añadido de la situación que hemos vivido es como un tema «de moda» como en este caso ha sido el COVID-19, ha saturado los sistemas de búsqueda con resultados de todo tipo y que incluso filtrando por aquellos trabajos de ámbito científico, puede hacernos caer en conclusiones erróneas debido a estudios de baja calidad. ¿Cómo podemos, entonces, aclararnos entre tanto clickbait y artículo lleno de tecnicismos? La respuesta no es sencilla y nunca estaremos completamente libres de la posibilidad de fallar, pero sí que podemos adoptar un método que nos permita reducir la probabilidad al mínimo.

El auge del clickbait nos ha traído algunos de los mayores quebraderos de cabeza a la hora de luchar contra la desinformación; vivimos en la inmediatez e informarse a golpe de titular se ha convertido en una terrible moda que a veces precisa leer un artículo en el que el cuerpo puede no tener absolutamente nada que ver con lo que se dice, o estar sacado de contexto completamente. Otro gran monstruo en este caso sería el artículo que sí continúa con lo presentado en el titular, pero que luego o bien no muestra sus fuentes o bien resulta ser una interpretación exagerada o retorcida de un trabajo científico que en realidad no presenta esas conclusiones.

Recientemente, Twitter incluyó un mensaje que nos insta a leer los artículos a los que damos RT si detecta que no lo hemos hecho, también bloqueó temporalmente la propia opción de RT con el fin de frenar la avalancha de bots que estaban más que preparados para subir el engagement de cuentas con opiniones más polarizadas en las elecciones de EEUU; esto, sin embargo, no termina de ayudar a eliminar la enorme avalancha de desinformación que sigue circulando por este y otros ámbitos, y el científico no podía ser menos. Facebook también cuenta con herramientas que marcan el contenido poco fiable pero ha reconocido que existen problemas dependientes del idioma y que las noticias falsas siguen difundiéndose con mucha facilidad entre castellanoparlantes.

Otro enorme nicho para la difusión de bulos son los chats de aplicaciones de mensajería instantánea como WhatsApp, en la que a menudo se difunden audios de gente que afirma tener alguna profesión destacable en un ámbito relevante para el tema: policía, bomberos, medicina, enfermería… Un formato «cercano» que provoca que cunda el pánico fácilmente entre quienes reciben el mensaje, por eso uno de los puntos más importantes a la hora de batallar contra este tipo de prácticas es el no hacer caso de fuentes no oficiales, más aún si está en juego la salud y la seguridad de las personas.

De todos las cadenas de audios difundidas en WhatsApp, jamás se ha dado el caso de que alguien estuviera transmitiendo un mensaje veraz cuando este contrariaba la información distribuida a través de canales oficiales de medios de comunicación o las propias cuentas institucionales, por tanto, cualquier cadena de este tipo ya nos puede resultar como poco cuestionable cada vez que nos llegue. Verificar lo que leemos y escuchamos no es exactamente lo mismo que documentarse, pero ambas actividades tienen puntos en común.

Documentación 101

Documentarse es recopilar información de interés con respecto a un tema dado, pero no solo eso: también saber distinguir la paja del grano y darle forma. No debe confundirse con la verificación, en la que tenemos entre manos información cuya veracidad queremos comprobar, aunque ambas cosas tienen muchos puntos en común.

Realizar tareas de documentación científica es mucho más sencillo empleando motores de búsqueda específicos, que filtran por trabajos publicados en revistas (de diversa índole, impacto y calidad general) y no nos referirán en ningún caso a un blog digno de un fan de Cuarto Milenio.

Schi-Hub, Robin Hood versión ciencia

Uno de los factores que mejoraría de forma espectacular la difusión de información veraz y útil sería la eliminación de las extendidas paywalls en el acceso a los papers, afortunadamente y gracias al trabajo de Alexandra Elbakyan, creadora de Sci-Hub, podemos salvar algunas de estas diferencias de una forma que, si bien no es legal, intenta luchar contra una industria injusta y que el conocimiento esté al alcance de todo el mundo. Otra opción puede ser escribir directamente a los autores del trabajo en cuestión, que generalmente accederán de buena gana a enviarnos un PDF de forma gratuita.

Sesgos, el verdadero pecado original

Es muy importante que a la hora de buscar información tengamos en cuenta que todo el mundo tiene sesgos y nosotros no vamos a ser la excepción, además: las redes sociales han convertido las opiniones en banderas; si estas opiniones se basan en información o no, es otra historia, pero atacarlas al final se interpreta muy a menudo como un ataque personal, y tanto tú como yo podemos empecinarnos en una opinión por motivos varios sin haber mirado antes al otro lado.

Y sí, es muy cómodo llegar a google y teclear «papers que me dan la razón» pero el mundo no funciona así. Podemos encontrar publicaciones que dicen que la homeopatía funciona, que las vacunas causan autismo y si me pongo y busco seguro que hay papers sobre que los unicornios son reales, y el estar publicados en cierta revista o tener cierto formato no hacen que sean verídicos, porque por cada paper que dice que las vacunas causan autismo, hay cientos de metaanálisis que prueban lo contrario.

Estadística, porque los números sí que son tus aliados

Puede que odiemos los números a raíz de un mal profesor de matemáticas en el instituto o que en general no se nos den bien; para lo primero suele funcionar encontrar en el presente a un buen docente y para lo segundo siempre quedarán los programas que calculan automáticamente casi de todo, pero una cosa está clara: no podemos distinguir un buen trabajo científico de uno malo sin la ayuda de la estadística, uno de los pilares básicos de la investigación en su sentido más intrínseco.

Quizá convenga pensarlo de este modo: si documentarse de un tema que no nos entusiasma al máximo ya puede resultar tedioso, sin saber estadística este tedio se va a multiplicar por mil, ya que entender sus conceptos básicos nos va a ayudar mucho a distinguir la paja del grano con mayor rapidez. Atención también a cómo puedan contradecirse las palabras con los resultados: a veces los números nos indican que un factor puede tener un efecto muy pequeño en tal o cual estudio, sin embargo en la redacción puede exagerarse este efecto por temas de intereses o de directa mala interpretación de los datos; en casos como este, más vale fiarse de los números que de las palabras.

El método: un buen motivo para no salirnos excesivamente de nuestro nicho

Un buen método y/o diseño experimental es clave para obtener resultados fiables en investigación y aquí hay un problema: si estamos explorando un campo que no es estrictamente el nuestro, puede haber detalles acerca de la calidad del diseño experimental que se nos escapen por completo. Ante esto, una documentación incluso más exhaustiva o contactar con gente de confianza que sí maneje del tema pueden ser las mejores soluciones.

En cualquier caso, quizás el consejo más sabio puede ser no salirnos excesivamente de nuestro campo si no tenemos un criterio lo suficientemente formado como para evaluar si un método es correcto o no. No hay problema: para eso están otras personas expertas en su campo.

Fuente: la de los deseos

Volviendo al problema de la inmediatez y de la rapidez con la que la (des)información circula, encontramos que a menudo resulta imposible dar rápidamente con la fuente de la que salen esos datos, y por eso es extremadamente importante hacer hincapié en esto: no podemos comunicar nada sin una fuente, ni debemos tomar nada por cierto si no podemos encontrar una fuente. Luego comprobaremos cómo de veraz puede ser, pero cuando nos obligan a realizar una búsqueda en internet digna de una investigación del FBI para ver si la cuenta de Twitter de turno se acaba de inventar un dato, ya podemos sospechar.

Por supuesto, las fuentes no se citan igual cuando escribimos en una web (ya sean redes sociales como Twitter, facebook, instagram, o un blog) que cuando estamos realizando un trabajo formal para una publicación científica o algún proyecto en universidades y otros centros educativos, donde se requieren formatos como el APA e índices bien ordenados.

Citar las publicaciones no es solo importante para que la gente vea que no te estás inventando las cosas o que pueda consultarlas de primera mano, porque además es posible que haya puntos criticables: es importante porque recordemos que si no citas de dónde sale tu información, te pueden acusar de plagio con toda la razón.

Si quieres aprender sobre todos estos puntos en mayor profundidad, no te olvides de que tenemos abierta la Segunda Edición del Curso de Comunicación y Divulgación Científica.

Ana Jiménez Cáceres

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